miércoles, 7 de abril de 2021

Entre la niebla (Hermann Hesse)

 

Hermann Hesse


¡Extraño, vagar entre la niebla!
Solitarios, cada piedra y arbusto.
Ningún árbol ve al resto.
Cada uno está solo.
 
Para mí rebosaba el mundo de alegría
cuando mi vida todavía era fácil.
Ahora que cae la niebla
todos son ya invisibles.
 
En verdad, nadie es sabio
si es que ignora lo oscuro
que ineluctable, lento
nos separa de todos.
 
¡Extraño, vagar entre la niebla!
La vida es soledad.
Nadie conoce a nadie.
Cada uno está solo.

HERMANN HESSE (versión de J.L.G.T.)
Aquí, el original

sábado, 3 de abril de 2021

Un viaje de ida y vuelta


El 29 de enero de 1916 Juan Ramón Jiménez embarca en Cádiz rumbo a Nueva York, donde acabará desembarcando el 12 de febrero. Un largo viaje de ida al que seguirá –tras una estancia en los Estados Unidos— otro largo viaje de vuelta, que deja también su huella en el Diario. Largos días sin otro paisaje que el mar y el cielo, como dos espejos que se reflejaran el uno al otro (“Cielo, palabra/ del tamaño del mar/ que vamos olvidando tras nosotros” anota el poeta el 30 de enero). Resulta difícil hacerse cargo de la duración de esos trayectos, hoy cuando en unas horas podemos cruzar en avión el Atlántico. Días y días sin ocupaciones fijas ni tareas urgentes que atender, pero también sin móvil, sin redes sociales, sin series… dan para mucho. También (supongo yo) para aburrirse. No sé yo si Juan Ramón se aburrió o no, pero lo cierto es que, por lo general, se ha dado poca importancia al aburrimiento como motor de la creación y de la escritura. En nuestra época, que huye del tedio como la peste, que busca mil subterfugios para llenar no ya las horas muertas, sino el minuto vacío, resulta cada vez más difícil aburrirse. Qué lejos nos va quedando la vivencia infantil evocada por Antonio Machado (“¡Moscas del primer hastío/ en el salón familiar,/ las claras tardes de estío/ en que yo empecé a soñar!”), en la que el tedio se presenta como la puerta, inesperada, a la ensoñación, preludio asimismo de la vocación poética. 
 (Fragmento del prólogo a Juan Ramón Jiménez, 
Diario de un poeta recién casado. Madrid, Austral, 2021)
Aquí, el texto completo publicado en la edición digital de El Cultural.

domingo, 21 de marzo de 2021

NOTICIERO DE NOCHE (HANS MAGNUS ENZENSBERGER)

 

Henry Huet

NOTICIERO DE NOCHE
 
Matanzas por un puñado de arroz,
oigo, para cada uno cada día
un puñado de arroz: fuego
nutrido sobre finas cabañas,
en la cena oigo, confusamente
 
sobre las tejas oigo
bailar granos de arroz,
un puñado en la cena,
granos de arroz en mi tejado:
la primera lluvia de marzo, claramente

 

HANS MAGNUS ENZENSBERGER

(Versión de J.L.G.T) Aquí, el original


miércoles, 24 de febrero de 2021

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Adviento (Rainer Maria Rilke)

 

Emil Nolde


ADVIENTO 

El viento en los bosques invernales
empuja los copos como un pastor
y más de un abeto presiente que pronto
estará bendito y lleno de luz,
y escucha. A los blancos caminos
tiende sus ramas, dispuesto,
y al viento resiste y crece
hacia la sola noche de gloria.

Rainer Maria Rilke, diciembre de 1897 (versión de J.L.G.T.)

Aquí, el original

jueves, 17 de diciembre de 2020

Blancanieves, revisited (Birgit Kreipe)

 


BLANCANIEVES, REVISITED 
 
blancanieves,
lo que tiene de bueno:
ya la envenenes o la agites
volverá a levantarse.
 
a veces baila sobre siete colinas
luego apaga la noche
como se sacude un globo de nieve
de la mesilla del dormitorio
 
allí yace. el completo esplendor
blanco como pólvora se funde
ahora está claro quién es
la que brilla, la estricta, la hermosa
 
pero una mañana alguien lleno
de postimágenes de manzanas
de lazos de corpiño y restos de manzanas
la trae de vuelta, en algún momento
 
la deposita en el hielo.
ella no desentona entre nosotros:
se puede derretirla y
congelarla de nuevo, siete
frigoríficos nos dan la razón

su garganta un arroyo, su lengua
sobre otra lengua como un vino bueno
su corazón, a la reina,
no se echa a perder tan rápido.
 
BIRGIT KREIPE (Versión de J.L.G.T.)
Aquí, el original

jueves, 5 de noviembre de 2020

Sobre algunos supervivientes (Günter Kunert)

 

Alemania, año cero (R. Rossellini)


SOBRE ALGUNOS SUPERVIVIENTES

Cuando sacaron
a aquella persona,
debajo de las ruinas
de
su casa bombardeada,
se sacudió el polvo
y dijo:
“Nunca más”.
 
En todo caso, no del mismo modo.

(Günter Kunert, tras la II Guerra Mundial. Versión de J.L.G.T.)

Aquí, el original.

lunes, 31 de agosto de 2020

Elogio del aprendizaje (Bertolt Brecht)

 


Bertolt Brecht, niño


ELOGIO DEL APRENDIZAJE
 
¡Aprende lo más sencillo! Para aquellos
cuyo tiempo ha llegado,
¡nunca es demasiado tarde!
Aprende el ABC, no es suficiente, pero
¡apréndelo! ¡No te desanimes!
¡Comienza! ¡Debes saberlo todo!
¡Debes tomar las riendas!
 
¡Aprende, hombre en el asilo!
¡Aprende, hombre en la cárcel!
¡Aprende, mujer, en la cocina!
¡Aprende, sexagenario!
¡Debes tomar las riendas!
¡Ve a la escuela, tú que no tienes casa!
¡Haz acopio de saber, tú que pasas frío!
Hambriento, agarra el libro: es un arma.
Debes tomar las riendas.
 
¡No tengas miedo de preguntar, camarada!
No te dejes enredar,
ve a verlo por ti mismo.
Lo que no sabes por ti mismo
no lo sabes.
Comprueba la cuenta.
Tú tienes que pagarla.
En cada partida pon el dedo.
Pregunta: esta, ¿de dónde sale?
Debes tomar las riendas.

Bertolt Brecht, 1933 (traducción de J.L.G.T.)

Aquí, el original

 


jueves, 23 de julio de 2020

Alguien canta (Erich Fried)

Erich Fried


ALGUIEN CANTA 

Alguien canta
por miedo
contra el miedo

Alguien canta
por necesidad
contra la necesidad

Alguien canta
desde su época
contra su época

Alguien canta
desde el polvo
contra el polvo

Alguien canta
los nombres
para volver anónimos los nombres.
Erich Fried, und Vietnam und (versión de J.L.G.T.) 

EINER SINGT

Einer singt
aus Angst
gegen Angst

Einer singt
aus Not
gegen Not

Einer singt
aus der Zeit
gegen die Zeit

Einer singt
aus dem Staub
gegen den Staub

Einer singt
von den Namen
die Namen namenlos machen

jueves, 21 de mayo de 2020

Subordinadas temporales (Rudolf Otto Wiemer)




SUBORDINADAS TEMPORALES


Cuando cumplimos seis, tuvimos
sarampión.
Cuando cumplimos catorce, tuvimos
guerra.
Cuando cumplimos veinte, tuvimos
penas de amor.
Cuando cumplimos treinta, tuvimos
niños.
Cuando cumplimos treinta y tres, tuvimos
Adolf.
Cuando cumplimos cuarenta, tuvimos
ataques aéreos.
Cuando cumplimos cuarenta y cinco, tuvimos
escombros.
Cuando cumplimos cuarenta y ocho, tuvimos
recompensa.
Cuando cumplimos cincuenta, tuvimos
ventaja.
Cuando cumplimos cincuenta y nueve, tuvimos
bienestar.
Cuando cumplimos sesenta, tuvimos
piedras en la vesícula.
Cuando cumplimos setenta, habíamos
vivido.

Rudolf Otto Wiemer
(versión: J.L.G.T.)
Aquí, el original

miércoles, 29 de abril de 2020

En la tormenta de las rosas (Ingeborg Bachmann)





EN LA TORMENTA DE LAS ROSAS

Donde sea que vayamos en la tormenta de las rosas,
la noche está iluminada por espinas, y el trueno
del follaje, que fue tan silencioso en los arbustos,
ahora nos pisa los talones.

INGEBORG BACHMANN
(Versión de J.L.G.T.)
Aquí, el original

sábado, 18 de abril de 2020

La infección (y 3). Antígona en los tiempos del coronavirus


Giorgio de Chirico


VI

Otro pensamiento piadoso que se repite estos días: la experiencia de la enfermedad y el aislamiento abre la puerta a una nueva civilización del cuidado, una nueva cultura que tome conciencia de nuestra propia vulnerabilidad y de la de los otros. Pero que algo nos suceda no significa necesariamente que se constituya en experiencia.
Benjamin identificó la afasia de quienes volvían de la Primera Guerra Mundial con una imposibilidad de construir lo vivido como experiencia propia. Paradójicamente, una realidad tan traumática como la de la Gran Guerra encontraba dificultades para formar parte de la trama individual de los individuos que la habían sufrido. Como algo que no cabía alojar en un relato personal y colectivo, y que, por tanto, no podía hacerse lenguaje.

VII

Y, sin embargo, es urgente encontrar palabras. El aislamiento que vivimos corre el riesgo de extremar aún más las tendencias egocéntricas de un mundo, en el que cada vez nos cuesta más hacernos cargos de la vivencia del otro. Ni el encierro es igual para todos, ni constituye, en la mayor parte de los casos, el verdadero trauma. Pero, conforme avanzan los días, los muertos parece cada vez más lejanos. Y eso que tal vez el más doloroso de esta pandemia sea la soledad de los enfermos y los agonizantes, unida a la angustia, por parte de los más próximos, de no poder despedirse. Hemos construido una sociedad de espaldas al duelo, y ahora sentimos de pronto, y de qué manera, la necesidad del luto. Hemos vivido de espaldas a los muertos, y solo ahora nos es posible darnos cuenta. Ahí, en ese lugar vacío, tal vez sea posible construir una experiencia. O al menos constatar de verdad la ausencia de esta.
VIII

Otra vez, Antígona. Antígona en los tiempos del coronavirus es el recuerdo de una piedad que ya no sabemos cómo ejercer. Piedad, más que heroísmo, es tal vez lo que necesitemos ahora.
La palabra “héroe”, tan repetida hoy, despierta en mí –lo confieso—un sentimiento ambiguo. Por una parte, es reconfortante que podamos volver a admirar a alguien. La admiración se nos había vuelto sospechosa, algo casi inverosímil en una sociedad cada vez más narcisista. Apenas sobrevivía, y de manera harto ambigua, en el terreno del deporte. En ese sentido, quizá sea beneficioso recuperar cierta dosis (¿cuánta?) de héroes y heroínas. Por otra parte, sin embargo, la apelación al heroísmo recuerda demasiado a una retórica de guerra. Se trata de algo que excede el puro terreno de la ética y del sentido cívico, por más que, de manera irrisoria, se hayan querido calificar como heroicos actos como quedarse en casa o lavarse las manos. Temo exagerar, pero no puedo evitar preguntarme si una democracia que necesita héroes no corre el riesgo de anhelar también caudillos y victorias.
Tal vez Antígona pueda ser hoy el único rostro aceptable de lo heroico. Antígona, que se nos impone como heroína porque es la antiheroína, la que no entiende, porque no quiere entender, las palabras manchadas de sangre de los héroes, aquella que, en la mirada de María Zambrano, va más allá de la justicia y rechaza contarse entre los victoriosos.

IX

Antígona no puede velar hoy el cadáver de ningún hermano, pero se pasea por los hospitales y por las ucis para recordar que ese lamento, esa protesta contra la muerte, nos constituye como humanos. Antígona está al lado de la muerte, porque quiere estar al lado de la vida. Si al menos aprendiéramos eso, no sería poco. Pero, ay, me temo, el olvido también nos constituye y es tenaz y a menudo más fuerte que la memoria.

    

miércoles, 15 de abril de 2020

La infección, 2





IV

La irrealidad de la realidad, podría escribir, si no temiera caer en un juego de palabras, en ese hilar de pensamientos vanos que tejen una maraña apenas soportable en los periódicos y en las redes sociales. Por un lado, la epidemia ha vuelto inesperadamente real ese mundo que siempre era de los otros, las lejanas comarcas del Ébola y de la malaria, aquello intolerable pero que tolerábamos con tanta facilidad en otras latitudes y colores de piel. Por otro, la cuarentena nos ha vuelto ya definitivamente habitantes de un ciberespacio, que nos da forma tanto como nosotros se la damos. Se repite estos días que la falta de contacto físico, la obligada distancia, va a dar lugar a nuevos modos de relacionarse, cuando al fin esto pase (pero, ¿qué es realmente “esto” que tiene que pasar?).  Aprenderemos –se dice— a valorar un tipo de relación más cercano, más apegado a la presencia real del otro. Y, de nuevo, ¿qué es eso de una “presencia real”? Como si bastara la proximidad física para abolir toda distancia. Se habla con demasiada frecuencia de solidaridad ahora, en este mismo hotel Europa que hace nada mostró su cara más dura con los refugiados, y donde sigue habiendo habitaciones de primera y de ínfima categoría. Mientras, el Último (ese fascinante personaje de Murnau) se prepara para dejar su imaginario puesto de mando y limpiar, con rabia y con tristeza, los lavabos del hotel donde acecha la infección.

V

¿Servirá, por ejemplo, la temida parálisis del mercado para percatarnos del carácter ficcional de una economía, en la que, al parecer, solo los empresarios creaban riqueza, mientras que los trabajadores conformaban una suerte de pasividad informe, al modo de la materia aristotélica? ¿Dejaremos a hablar del trabajo como un maná inmerecido, como un regalo venido de los dioses, que solo cabe agradecer?  Creo que no: que lo más probable es que vivamos esto (otra vez “esto”) como un mal sueño, como un intervalo, tras el cual intentaremos reanudar lo que llamábamos vigilia. En esa normalidad no cuestionada el trabajo individual se percibe solo como el combustible de un perpetuum mobile. No otro mensaje se ha lanzado a nuestros niños y adolescentes: pase lo que pase, la maquinaria debe seguir en funcionamiento. Las tareas escolares como metáfora de un mundo sin aliento, en constante estado de actividad.

domingo, 12 de abril de 2020

La infección, 1





LA INFECCIÓN, 1 

I

No he podido escribir desde los primeros días del encierro. Lo hago ahora e intento rescatar (sin demasiada fe en poder hacerlo) esa primera impresión de irrealidad. Me corrijo: de realidad, pero de realidad en exceso. Como si de pronto nos hubiéramos percatado de que solo podemos soportar una dosis mínima de lo real. Pero lo real se nos pega a la piel, como el olor a lejía que lo invade todo.

II

La lejía (creo) ha dejado manchas en mis muñecas y en el dorso de mis manos. Pienso en mis manos. En las manos. Las manos que han alcanzado un extraño protagonismo estos días, convertidas en agentes de infección, en una amenaza para los otros y para nosotros mismos. Noli me tangere, no tocar, es quizá el lema de estos días, más allá del repetido “Quédate en casa”. Días, por ejemplo, en los que no pocos sanitarios, y sus parejas, optan por dormir en camas separadas, para evitar el contagio y, sobre todo, para no transmitir el virus (que no saben si portan) a los pacientes. Parece el mal argumento de un cuento de terror. Amenazas invisibles, manos convertidas en un apéndice extraño, como aquella vieja película muda, Las manos de Orlac, en la que a un pianista que ha perdido ambas manos le trasplantan, en su lugar, las de un hombre ejecutado por asesinato. La extrañeza de una mano: mano-araña. Manos que matan sin quererlo. Manos también que curan.

                                               III

De esa extraña mezcolanza de realidad e irrealidad parece hecho el insomnio: como si todo lo que el trabajo, las tareas domésticas, los niños… han ido dejando a un lado, se abalanzara sobre uno de pronto por la noche, arrebatándole el sueño. Y eso que ya no está el dolor de los primeros días, la angustia del número de infectados y muertos, ese dolor en gran medida abstracto, en cierto modo prestado y no sé si del todo legítimo. Latía entonces la sospecha de cierta impostura, la de pretender encarnar el dolor de otros. Eso casi ha desaparecido. En su lugar, viene de vez en cuando la culpa por haber incorporado los muertos diarios a lo cotidiano, por celebrar incluso el número de fallecidos que decrece. La muerte convertida no en algo individual, sino en pura suma. O resta. Todo número miente.

domingo, 5 de abril de 2020

Reinado del pez pequeño (Yevgeniy Breyger)


Y. Breyger


REINADO DEL PEZ PEQUEÑO


La mañana en pedazos es llevada a la tarde.
Tierra seca entre los dientes evoca el disolverse
de la caliza, arrastrada por olvidados signos de la mano
de un muerto, que busca nombres en los archivos.

Como gotas de ácido, inútiles sobre piedra, flotando
la tarde es llevada a la noche. Los muertos no son
de noche ellos mismos. Por eso duermen. Por eso en sueños
piensan en las venas de las hojas del arce por las que sin prisa

la vida escapa en pequeñas porciones. Hacia el temblor
de cuerpos delgados, hacia corrientes que desaparecen de [[[[pronto
y ríos que se convierten en mares, el hedor que se forma.
La noche, tal cual es, es llevada a la mañana.


Yevgeniy Breyger 
(versión de J.L.G.T.)
Aquí, el original