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lunes, 12 de junio de 2023

ANA FRANK


 

"La monstruosidad de lo ocurrido no se evidencia en el destino de la hermosa muchacha judía que llevaba un diario. El judío jorobado, tartamudo, cojo, que fue gaseado… él es la víctima. Él, el judío, es tu hermano: cae en la cuenta y vuelve la mirada… hacia ti, tú jorobada, tartamuda, coja… ¡tú, regia criatura!" (Paul Celan, Microlitos)
Celan no está (creo) rechazando aquí la figura de Ana Frank, sino advirtiéndonos sobre los riesgos de una identificación puramente sentimental... Se trata de atreverse a preguntar de verdad con Primo Levi "si esto es un hombre", si esto es una mujer, y responder que sí, no tanto desde la empatía, como del vértigo del rostro del otro del que nos hablaba Lévinas. El "musulmán", en la jerga de Auschwitz, es el que desafía nuestra posición ética, el que verdaderamente nos obliga a ir, más allá de la simpatía, hacia una piedad en sentido zambraniano (piedad que nace de la alteridad, de la otredad inasumible, que está más allá de la simpatía y del autorreconocimiento).  

domingo, 16 de mayo de 2021

El centro oscuro de la llama en la revista Aurora

"La obra de María Zambrano nos sigue hablando. Si bien los retos y debates centrales de nuestro tiempo -que se suceden vertiginosamente- han variado en buena medida, el acercamiento a su propuesta filosófica sigue resultando estimulante. Sin embargo, todo intento de diálogo con la obra de María Zambrano solo llegará a ser fructífero si esta es comprendida en toda su riqueza y complejidad. Por ello, el reciente estudio de José Luis Gómez Toré supone un valioso trabajo al que no debemos dejar de prestar atención. Con una escritura sobria y un discurso claro, este autor traza un panorama logrado del universo filosófico de María Zambrano, de los principales símbolos que lo articulan y de los conceptos que propuso y quiso hilvanar. Gómez Toré acierta al detenerse en exponder determinadas coordenadas filosóficas y culturales que, sin duda, esclarecen el pensamiento de Zambrano, el cual -aunque con un método voluntariamente heterodoxo- dialoga con la tradición filosófica y con otros pensadores relevantes de su época."
 (Fragmento de la reseña de Miriam Gómez Vegas sobre María Zambrano. El centro oscuro de la llama en Aurora. Papeles del "Seminario María Zambrano", 22, febrero de 2021, págs. 140-141)

sábado, 18 de abril de 2020

La infección (y 3). Antígona en los tiempos del coronavirus


Giorgio de Chirico


VI

Otro pensamiento piadoso que se repite estos días: la experiencia de la enfermedad y el aislamiento abre la puerta a una nueva civilización del cuidado, una nueva cultura que tome conciencia de nuestra propia vulnerabilidad y de la de los otros. Pero que algo nos suceda no significa necesariamente que se constituya en experiencia.
Benjamin identificó la afasia de quienes volvían de la Primera Guerra Mundial con una imposibilidad de construir lo vivido como experiencia propia. Paradójicamente, una realidad tan traumática como la de la Gran Guerra encontraba dificultades para formar parte de la trama individual de los individuos que la habían sufrido. Como algo que no cabía alojar en un relato personal y colectivo, y que, por tanto, no podía hacerse lenguaje.

VII

Y, sin embargo, es urgente encontrar palabras. El aislamiento que vivimos corre el riesgo de extremar aún más las tendencias egocéntricas de un mundo, en el que cada vez nos cuesta más hacernos cargos de la vivencia del otro. Ni el encierro es igual para todos, ni constituye, en la mayor parte de los casos, el verdadero trauma. Pero, conforme avanzan los días, los muertos parece cada vez más lejanos. Y eso que tal vez el más doloroso de esta pandemia sea la soledad de los enfermos y los agonizantes, unida a la angustia, por parte de los más próximos, de no poder despedirse. Hemos construido una sociedad de espaldas al duelo, y ahora sentimos de pronto, y de qué manera, la necesidad del luto. Hemos vivido de espaldas a los muertos, y solo ahora nos es posible darnos cuenta. Ahí, en ese lugar vacío, tal vez sea posible construir una experiencia. O al menos constatar de verdad la ausencia de esta.
VIII

Otra vez, Antígona. Antígona en los tiempos del coronavirus es el recuerdo de una piedad que ya no sabemos cómo ejercer. Piedad, más que heroísmo, es tal vez lo que necesitemos ahora.
La palabra “héroe”, tan repetida hoy, despierta en mí –lo confieso—un sentimiento ambiguo. Por una parte, es reconfortante que podamos volver a admirar a alguien. La admiración se nos había vuelto sospechosa, algo casi inverosímil en una sociedad cada vez más narcisista. Apenas sobrevivía, y de manera harto ambigua, en el terreno del deporte. En ese sentido, quizá sea beneficioso recuperar cierta dosis (¿cuánta?) de héroes y heroínas. Por otra parte, sin embargo, la apelación al heroísmo recuerda demasiado a una retórica de guerra. Se trata de algo que excede el puro terreno de la ética y del sentido cívico, por más que, de manera irrisoria, se hayan querido calificar como heroicos actos como quedarse en casa o lavarse las manos. Temo exagerar, pero no puedo evitar preguntarme si una democracia que necesita héroes no corre el riesgo de anhelar también caudillos y victorias.
Tal vez Antígona pueda ser hoy el único rostro aceptable de lo heroico. Antígona, que se nos impone como heroína porque es la antiheroína, la que no entiende, porque no quiere entender, las palabras manchadas de sangre de los héroes, aquella que, en la mirada de María Zambrano, va más allá de la justicia y rechaza contarse entre los victoriosos.

IX

Antígona no puede velar hoy el cadáver de ningún hermano, pero se pasea por los hospitales y por las ucis para recordar que ese lamento, esa protesta contra la muerte, nos constituye como humanos. Antígona está al lado de la muerte, porque quiere estar al lado de la vida. Si al menos aprendiéramos eso, no sería poco. Pero, ay, me temo, el olvido también nos constituye y es tenaz y a menudo más fuerte que la memoria.

    

lunes, 8 de octubre de 2018

Zambraniana

Juan Gris

 “Escribir es defender la soledad en que se está”, afirma María Zambrano en un ensayo temprano, titulado precisamente “Por qué se escribe”. Pero habría que añadir tal vez que se escribe para defenderse de una soledad e instaurar otra. O más bien, para convertir una soledad sentida como ajena, que se nos impone, en una soledad querida, asumida como el lugar de la escritura y tal vez de la vida. Porque en la soledad, como dice Zambrano, se está, ya se está, pero la cuestión es saber permanecer en ella, no buscar sucedáneos, no huir. O en todo caso, crearse otra, la que emana de la propia escritura. Vivimos en tiempos alérgicos a la soledad. Y uno de sus síntomas es la aversión al silencio, el silencio que es, como afirmó Reiner Kunze, la tierra para el poema. Porque toda escritura implica un cierto mutismo, resulta cada vez más difícil de soportar. Estar hiperconectados, en perpetua disposición a dejarnos distraer por mil estímulos, no permite ese cortocircuito, ese movimiento hacia dentro que es, sin embargo, la condición de un verdadero afuera. 

 Escribir tiene que ver, para Zambrano, con el secreto. Leer no es compartir ese secreto, no es de ningún modo hacerlo público, sino de algún modo resguardarlo. El que lee, el que escribe está en el secreto, como "se está" en la soledad. Se trata de un secreto a voces, pero secreto al fin y al cabo, puesto que, en última instancia, no es comunicable “sino a quién conmigo va”. Como la carta robada en el célebre relato de Poe, el secreto resulta perfectamente visible y, por ello, pasa desapercibido. No basta con repetirlo, pues solo en la escritura tiene lugar. Acaso también en la lectura, si esta se hace asimismo soledad cómplice, nunca si se ejerce como desciframiento u oficio público. La soledad no admite narración ni explicación posible. Es experiencia. Tal vez la más desnuda. Ni siquiera se dice. Está ahí. Pura respiración. Ritmo y vacío. El riesgo del ahogo. Esa intemperie.