
La observación de Riechmann me hace pensar en Claudio Rodríguez, no tanto por ese reconocimiento de la poesía como un don pasajero (que también) como por la conciencia del riesgo que entraña la aventura poética. Tuve la suerte (el inmenso privilegio) de asistir a un curso de doctorado dirigido por García Berrio sobre la obra de poeta que contó con la presencia de éste. No he olvidado la mirada de verdadera alarma de Claudio Rodríguez mientras hablaba sobre la posibilidad de que alguien no dejara de ser poeta nunca. Lejos de parecerle algo deseable, el autor de Don de la ebriedad consideraba una suerte de condena que alguien pudiera mirar el mundo a cada instante con ojos de poeta. Escribe Hölderlin: "Nur zuzeiten erträgt göttliche Fülle der Mensch", el hombre sólo puede soportar la plenitud divina por un tiempo. Bien lo sabía el poeta alemán, quien en la carta a Bohlendorf, confesaba haber sido herido por Apolo, el dios que inspira cantos y poemas que es, al mismo tiempo, la divinidad terrible que trae la peste al comienzo de la Ilíada. Dios a la vez de la medicina y de la enfermedad, muestra su rostro ambivalente en ese sol que hace brotar la vida de la tierra y que también agosta los campos.