viernes, 29 de mayo de 2009

Gracias, Max Brod

El 20 de octubre de 1913 Kafka anota en su diario la siguiente observación: "[...] en casa, me puse a leer La metamorfosis; me parece mala". Resulta ciertamente inquietante esta ceguera del artista ante su obra, la incapacidad para convertirse en lector o en espectador de sí mismo. Por supuesto, esa ceguera no es sólo la del artista sublime que pide a su amigo que queme su obra, sino también la de quien, como el pintor de La obra maestra desconocida de Balzac, cree haber transmutado el barro en oro y no tiene sino polvo entre las manos.
Leo al respecto en la poética de Jordi Doce editada recientemente por la fundación Juan March (cuya lectura aprovecho para recomendar vivamente) una reflexión sumamente interesante:
"De la obra de otro, por muy amplia y compleja que sea, por mucho que la estudiemos, tenemos una idea superficial: quiero decir, sólo conocemos el resultado último, lo que su autor nos ha querido mostrar, el texto definitivo [...]
En el caso de la obra propia, por el contrario, conocemos la tramoya, sabemos perfectamente qué hay detrás del poema publicado, qué ha quedado fuera, cuáles eran nuestras intenciones al escribirlo... y también hasta qué punto el resultado está lejos de ellas; lejos - me apresuro a aclarar-, no sólo en un sentido de falta o insuficiencia, sino también porque el proceso mismo de la escritura ha intervenido para hacer del poema otra cosa, eso que sólo puede ser o existir porque lo escribimos".

3 comentarios:

rubén m. dijo...

Pues sí, hay que darle las gracias a Max Brod, e incluso a Octavio Augusto, por impedir que la Eneida fuera pasto de las llamas como misteriosamente quería Virgilio en su agonía.

Muy interesante post.

Un abrazo

Miguel Angel Gara dijo...

Una reflexión muy buena José Luis y Rubén. La pregunta que me surge siempre es cuántos Kafkas y cuántos Virgilios convencieron de verdad a sus respectivos Brods-Augustos para quemar sus resmas de papelotes entre los que podría haber (Quién sabe) alguna obra maestra.
Pero respecto a la autocrítica, aunque no haya que llegar a los niveles kafkianos (o sí?) me parece que siempre es preferible pasarse de riguroso. Ya hay demasiada basura en el mundo. Aunque es una opinión.

José Luis Gómez Toré dijo...

Sí, yo también creo que es mejor pasarse de riguroso...
Por otra parte, la actitud de Max Brod o la de Augusto nos sitúa ante un problema que no concierne sólo a la estética, sino también a la ética: aunque se lo agradezcamos, ¿hasta qué punto tenía derecho Max Brod a hacer lo que hizo? Aunque la cuestión en el fondo es otra: ¿a quién pertenecen los textos literarios, las grandes obras de arte? ¿Hasta qué punto son de su autor y cuándo se independizan de su voluntad? ¿Qué límite hay que cruzar para que la obra deje de ser de alguien y se convierta en un bien común? (otra cuestión es que realmente Kafka o Virgilio quisieran destruir su obra: si uno quiere estar seguro de que no quede rastro de lo escrito, lo mejor es encargarse uno mismo).