domingo, 30 de diciembre de 2018

Feliz Año Nuevo (R. M. Rilke/ Clara Westhoff)


Clara Westhoff



“Y ahora queremos creer en un largo año que nos ha sido dado, nuevo, virgen, lleno de cosas nunca sabidas, lleno de una labor nunca hecha, lleno de tarea, exigencia y deber; y queremos ver que nosotros aprendemos a tomarlo sin dejar caer demasiado de aquello que se nos ha otorgado, exigiendo de él lo necesario, lo serio y lo grande… Feliz mañana de Año Nuevo…”

 (Carta de Rainer Maria Rilke a su mujer Clara Westhoff, 1 de enero de 1907)
(Versión de J.L.G.T.)

martes, 11 de diciembre de 2018

Hotel Europa según Esther Ramón


 El excelente último libro de José Luis Gómez Toré, Hotel Europa (publicado por Siltolá Poesía), cuyo título parece trasladarnos a los vetustos y lujosos hoteles europeos de otros tiempos, nombra en cada uno de sus poemas diferentes lugares, ángulos y matices del crimen relativamente reciente de lo humano contra lo humano, por lo que responde sin duda a dicha función de exhumación de lo poético, pero no solo eso: nos ayuda además a reflexionar sobre ella. Porque no basta con extraer y denunciar, con hacer un recuento exhaustivo de los huesos y de sus contusiones mortales. También se trata de escucharlos, de darles la voz simplemente señalando su ausencia de voz y su silencio violento, definitivo, y preguntarse después si dicha operación logra sanar o reparar algo.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Ida Vitale

 Tras la reciente concesión del premio Cervantes a Ida Vitale, me ha parecido oportuno colgar aquí un fragmento del ensayo que le dedico a la escritora uruguaya en mi libro Extramuros, revisión del texto previamente aparecido en Vértigo y desvelo: dimensiones de la creación de Ida Vitale, volumen colectivo coordinado por María José Bruña.


"La escritura de Ida Vitale posee este don, tan difícil, de apresar la vida sin detener su flujo. En ella se cumple ese deseo que apuntara Ángel González, en un poema/poética: «Escribir un poema, marcar la piel del agua». Porque quizá esa, y no otra, sea la vocación de la auténtica poesía, acariciar la piel del mundo, apenas rozar su superficie para no forzar los precarios equilibrios que sostienen la existencia.
 Frente a la vacuidad de los discursos que ostentan la etiqueta de profundos, la poesía no teme ser superficial, si con tal adjetivo queremos señalar ese gesto que roza la superficie para adivinar, con vocación de zahorí, el fondo innominado. «Lo importante está debajo de las superficies, sospecha Byobu», leemos en uno de los libros de la autora, pero el protagonista del texto no persigue la profundidad en el Reino de los Cielos o en un platónico Mundo de las ideas, sino que escarba la tierra como un topo, para acabar encontrando una lombriz, que parte entonces en dos. Cuando sus ojos asombrados contemplan el agitado movimiento de dos lombrices, esa visión le basta a Byobu para sentir «más aire en su conciencia minuciosa». Y es que la poesía no es una labor aséptica. La escritura mancha los dedos de tierra y de tinta, interroga a la materia por sus formas. Como «Il Tuffatore» de Montale, el salto y la inmersión se confunden en el poema, que siempre, aun antes de arrojarse, ha tocado fondo, lo que sugiere una paradójica forma de habitar y conocer el mundo.
  «Aquí yace Uno cuyo nombre fue escrito en el agua», así evoca Shelley la inscripción que deseara Keats para su propia tumba. No era mal epitafio para quien consideró que el logro mayor al que puede aspirar un poeta es la impersonalidad. Pero en realidad la poesía sabe que todo nombre ha sido escrito en el agua, por más que el viejo Horacio, en sus Odas, defendiera que sus palabras levantaban un monumento más sólido que el bronce. Saber que escribimos palabras en el agua es aceptar, a un tiempo, el libre juego del lenguaje y la mortalidad. Mortalidad de la palabra, mortalidad del que escribe, mortalidad del que lee. «Te ibas/ o te habías ido ya,/ dejándonos solo un trazo». La voz lírica levanta acta del asombro de que somos al borde del no ser. «Hay días que parecen prestados por la muerte», así comienza el poema, «Elegías en otoño», del primer libro de la autora, La luz de esta memoria. Asumir que la vida nos ha sido dada en préstamo no implica renunciar a su valor, sino, al contrario, abrirse al don, no dejar que se escape lo hermoso aun sabiendo que tiene que convivir, las más de las veces, con lo mezquino o lo terrible.
[...] La escritura de Vitale tiene el coraje de nombrar el miedo, de mirar a la cara a la muerte. De aprender «las letras de las palabras de la nada», como reza la cita de Espriu con que se abre Procura de lo imposible. Pero, frente a la «nada que, siendo, es poco, y será nada» de un Quevedo, frente al quotidie morimur barroco, aquí es el cotidiano vivir el que brota de la muerte, como el Sísifo, pese a todo alegre, que soñara Camus: «feliz naciendo/ de la diaria muerte», dice Vitale. «Nacemos, sí, para morir nacimos./ Pero antes, cuánto es vida suave», esa convicción que leemos en Mella y criba da su peso específico a la poesía de la autora, acompaña su trazo, que se hace así solidario de la vida mortal y vulnerable. El trazo, a la vez delicado y firme, de Vitale parece querer decirnos que lo esquivo de la existencia solo puede expresarse desde una palabra consciente de su propia vulnerabilidad, palabra que puede adelgazarse hasta un quebradizo hilo de voz, pero hilo de Ariadna que resiste pese a todo y se atreve a esbozar, a trazar un mapa en los laberintos cotidianos del perplejo vivir, aun a sabiendas de que en cualquier esquina aguarda nuestro propio Minotauro.
 Sabido es que, entre las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino, el escritor italiano incluye la «levedad» como una de esas ideas motrices para la escritura y para la vida. Esa levedad me parece uno de los rasgos más señalados del trazo de Vitale. Pero, atención, levedad, no significa falta de vigor ni mórbida delicuescencia. Levedad es, más bien, escucha, atención a lo que susurran las palabras sin levantar la voz antes de tiempo, hacerse cargo del peso del mundo sin añadir más lastre. Lo que afirma Calvino de Lucrecio, el poeta romano, no está demasiado lejos de la percepción del lector ante la obra de la uruguaya: «La poesía de lo invisible, la poesía de las infinitas potencialidades imprevisibles, así como la poesía de la nada, nacen de un poeta que no tiene dudas sobre la fisicidad del mundo». Apostar por la levedad no implica renunciar a la dureza, cuando es preciso ofrecer resistencia: «sé cardo, cuando llegaste como lana,/ piedra, cuando hilo de seda, flotarías» " (Extramuros, libros de la resistencia, 2018)

domingo, 18 de noviembre de 2018

LAIKA (UN POEMA DE GÜNTER KUNERT)



LAIKA 

En una bola de metal,
del mejor que tenemos,
vuela un perro muerto día tras día
alrededor de nuestra Tierra
como aviso
de que con el tiempo podría girar
año tras año en torno al Sol,
con una humanidad muerta como carga,
el planeta Tierra,
el mejor que tenemos.

Günter Kunert (versión de J.L.G.T.) Aquí el texto original

domingo, 21 de octubre de 2018

Sils-Maria (Gottfried Benn)




SILS-MARIA)

[][][][[]][][]I

En la tarde corrían las horas.
Él escuchaba en la luz del risco
su estrofa: “todas hieren,
la última mata…”

Lo ha leído hasta el final.
Pero quien las horas piensa
—su oleaje, su juego, su ser…—
es que ha encauzado las horas.

Uno que, al dar nombre, todo
en lo mejor lo convierte,
a quien las horas no encuentran,
tanto conoce las sombras
y bebe la luz de las Parcas.

[][][][[]][]II

No había nieve, solo luz
que brotó desde lo alto.
No había muerte, mas todo
se parecía a la muerte.
Todo tan blanco, ningún ruego
atravesó el ópalo.
Algo asombroso: lo sufrido
se cernía sobre el valle.


Gottfried Benn, Poemas estáticos (versión  de J.L.G.T.)

SILS-MARIA

I
In den Abend rannen die Stunden,
er lauschte im Abhangslicht
ihrer Strophe: „alle verbunden,
die letzte bricht...“

Das war zu Ende gelesen.
Doch wer die Stunden denkt:
ihre Welle, ihr Spiel, ihr Wesen,
der hat die Stunden gelenkt —:

Ein Alles-zum-Besten-Nenner
den trifft die Stunde nicht,
ein solcher Schattenkenner
der trinkt das Parzenlicht.

II
Es war kein Schnee, doch Leuchten
das hoch herab geschah,
es war kein Tod, doch deuchten
sich alle todesnah —:
es war so weiβ, kein Bitten
durchdrang mehr das Opal,
ein ungeheures: Gelitten

lunes, 8 de octubre de 2018

Zambraniana

Juan Gris

 “Escribir es defender la soledad en que se está”, afirma María Zambrano en un ensayo temprano, titulado precisamente “Por qué se escribe”. Pero habría que añadir tal vez que se escribe para defenderse de una soledad e instaurar otra. O más bien, para convertir una soledad sentida como ajena, que se nos impone, en una soledad querida, asumida como el lugar de la escritura y tal vez de la vida. Porque en la soledad, como dice Zambrano, se está, ya se está, pero la cuestión es saber permanecer en ella, no buscar sucedáneos, no huir. O en todo caso, crearse otra, la que emana de la propia escritura. Vivimos en tiempos alérgicos a la soledad. Y uno de sus síntomas es la aversión al silencio, el silencio que es, como afirmó Reiner Kunze, la tierra para el poema. Porque toda escritura implica un cierto mutismo, resulta cada vez más difícil de soportar. Estar hiperconectados, en perpetua disposición a dejarnos distraer por mil estímulos, no permite ese cortocircuito, ese movimiento hacia dentro que es, sin embargo, la condición de un verdadero afuera. 

 Escribir tiene que ver, para Zambrano, con el secreto. Leer no es compartir ese secreto, no es de ningún modo hacerlo público, sino de algún modo resguardarlo. El que lee, el que escribe está en el secreto, como "se está" en la soledad. Se trata de un secreto a voces, pero secreto al fin y al cabo, puesto que, en última instancia, no es comunicable “sino a quién conmigo va”. Como la carta robada en el célebre relato de Poe, el secreto resulta perfectamente visible y, por ello, pasa desapercibido. No basta con repetirlo, pues solo en la escritura tiene lugar. Acaso también en la lectura, si esta se hace asimismo soledad cómplice, nunca si se ejerce como desciframiento u oficio público. La soledad no admite narración ni explicación posible. Es experiencia. Tal vez la más desnuda. Ni siquiera se dice. Está ahí. Pura respiración. Ritmo y vacío. El riesgo del ahogo. Esa intemperie.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Hotel Europa por Javier Saéz de Ibarra




 La nueva entrega poética de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) es Hotel Europa, publicada por La isla de Siltolá. No puedo aquí recoger su trayectoria de poeta, estudioso, traductor y crítico con que viene recorriendo lo que llevamos de siglo y que lo ha situado en un lugar de referencia; hay fuentes de información para ello. Me propongo extender un comentario a lo que este libro creo que propone con una belleza y un rigor que no deben pasar desapercibidos.

Se me ocurre que, si parafraseamos a Antonio Machado cuando definió la poesía como “palabra esencial en el tiempo”, acaso hoy tendríamos que preguntarnos si esa esencialidad puede omitir la condición histórica en que nos hallamos y de la que nos sabemos tanto herederos como actores. La esencia puede encontrarse en el conocimiento, o proceder del examen de la experiencia íntima; pero no puede orillarse de ella nuestro estar constituidos por ese conjunto de fuerzas que denominamos devenir. En este sentido, la obra de Gómez Toré se une a otras voces que hoy debaten la propia identidad y para las que el reenvío a lo antropológico o a lo individual no satisface todavía ese deseo.

Una voz en este libro proclama: “¿Por qué preguntas por Europa? ¿Sabes tú algo de ella?... Prefieres quedarte ahí callado, insistiendo en una pregunta que ya nadie se hace”. Ya en la formulación de ese interrogante el poeta se sitúa en un límite: Junto al silencio impuesto por el poder de lo consabido; en la necesidad de exigir que se cuestione esa identidad; en la dificultad de que la palabra poética ha perdido toda relevancia social, toda posibilidad de abrir caminos y, sin embargo rehúsa su rendición. El libro entero es un esfuerzo por situarnos inquisitivamente ante nosotros mismos desde una identidad que viene dada por el poder y su hacer y una tradición que, no obstante, quiere resistirse (Machado, Benjamin, Whitman, Cernuda). Con este objetivo, Gómez Toré diseña una estrategia de aproximaciones. La primera y más extensa parte del libro, titulada “Historia universal”, nos invita a un viaje por las tierras exteriores a lo europeo-occidental, en donde el marchamo de la historia reciente que los países centrales dirigen deja huellas que son estragos: Matto Grosso, las víctimas de sus agresiones militares, Ciudad Juárez, Mozambique, Manila… Un procedimiento que trata de eludir, de raíz, la posición eurocéntrica y la propaganda que, previsiblemente, esperamos que Europa –o sus mandatarios– hará de sí. Hay que preguntar al Otro para saber de uno mismo, hay que mirar el rastro que uno deja, hay que permitir que hablen (y no podrán hacerlo, expulsados como están del lugar de la palabra y la comunidad de comunicación) a esos que hallaremos “Acampados / junto a la roja carretera de tierra, / al borde de la tierra / siempre de otros… Al borde de la historia”. Quienes son los testigos, con su “extraña paciencia”, de esta cruel verdad: “La historia / es una sucesión de hechos consumados, / de crímenes perfectos.” [...]

Javier Saéz de Ibarra

domingo, 15 de julio de 2018

Corta el párpado


CORTA EL PÁRPADO

Corta el párpado:
ten miedo.

Cósete el párpado:
sueña.

Hilde Domin (versión de J.L.G.T.)


René Magritte


SCHNEIDE DAS AUGENLID AB

Schneide das Augenlid ab:
fürchte dich.

Nähe dein Augenlid an:
träume.

miércoles, 6 de junio de 2018

domingo, 3 de junio de 2018

Que concierne de Julieta Valero


 La voz de Julieta Valero no ha dejado de perfilarse, ya desde libros como Los heridos graves o Autoría, desde la aparente paradoja del tono inconfundible, genuinamente propio, de quien parece perseguir, sin embargo, una suerte de impersonalidad poética. Pero quizá de eso se trata: de ahondar en lo paradójico no solo de la voz que habla en el poema, sino del ser un yo que habla y que, al mismo tiempo, es hablado por el lenguaje. Si el yo es en buena medida una trampa, en absoluto está clara cuál es la alternativa: «Pero si hablar de mí ya no procede…. / ¿Dónde veré reflejado el modo en que no existo. / Qué será de la Navidad si prohíben las luces? / Y cómo darás conmigo tú, entrenada para rastrearme en los bajos de nuestros antepasados». Porque si la tentación de abandonar el yo puede cobrar fuerza, parece, sin embargo, imprescindible invocar ese tú, dejar una puerta abierta a otro rostro, a otra voz: «Ese polen de mí que centellea, me interrumpe, parte». 
 En toda la obra de Valero, y muy particularmente en este libro, parece latir la pregunta no sólo sobre el lugar desde el que se escribe, sino desde dónde se habla, cómo los múltiples lenguajes que nos atraviesan van conformando una subjetividad siempre porosa y extremadamente frágil. De ahí que ese lugar sea a la vez el de la experiencia propia y el de la política, sin que quepa oponer sin más ambos territorios.

domingo, 20 de mayo de 2018

En flecha de Esther Ramón

 

Caminar por un sueño. Recorrer las salas de una casa a la vez tan familiar y extraña, así es leer a Esther Ramón. Es la suya una poesía de resonancias míticas, de un cierto tono onírico, pero también de una evidente fisicidad. En ella hay siempre huellas, rastros difíciles de borrar en la piel y en la memoria. Leerla es adentrarse en una escritura que tiene no poco de subterránea, como esa Caza con hurones que da nombre a uno de sus últimos libros, y que, como en ese mismo título, no ignora la violencia que se esconde en tantos gestos cotidianos, también en el de la mano que escribe. En flecha parece irse un paso más que en anteriores entregas de la autora, en la dirección de lo que podríamos llamar una poética del despojamiento. Sin embargo, si se leen con atención los poemas (o los fragmentos, pues conforme se avanza la lectura sospechamos que estamos ante un único poema), se advierte una tensión lingüística no tan distinta a la que preside libros de referencia como Grisú o Reses. Solo que ahora esa tensión parece sostenerse en el aire, como si la propia escritura fuera consciente de su andar de funambulista, de paseo sobre el abismo.

martes, 15 de mayo de 2018

Hotel Europa: presentación en Barcelona


Este viernes, 18 de mayo, se presenta mi libro Hotel Europa a las siete y media en la librería Animal Sospechoso de Barcelona.
Me acompañará el poeta y traductor Misael Ruiz Albarracín.

lunes, 9 de abril de 2018

THE CHILD IS A FATHER OF THE MAN



THE CHILD IS A FATHER OF THE MAN

Adiós, luna. Adiós, hormiga. Adiós, música. Mi hijo pequeño se despide y vuelve a su trabajo, a su oficio incesante, tacto y ojo. Acarrea de un lado a otro piedras, ramas, palabras, estropea las flores del abuelo, se mancha alegremente sus manitas de tierra, de esta tierra tan negra, más vieja que nosotros. No sé lo que persigue si es que algo persigue. Nada que imaginar aún. O acaso sí. Adiós, luna, adiós, hormiga, adiós, música, repito sin demasiada convicción. Reconozco su hambre. Porque tiene dos años. Porque tengo dos años allá lejos, ahora, en la casa cerrada. La misma tierra mancha mis dedos torpes. Delata mi impaciencia. Se hace tarde. El niño no quiere descansar. Ni pensar en dormir. Demasiado trabajo por hacer. Y todo aguarda aún. Adiós, noche. Hola, noche.

(Aparecido en Turia, 124, noviembre 2017-febrero de 2018)

jueves, 5 de abril de 2018

lunes, 26 de marzo de 2018

Reseña de Juan Carlos Abril sobre Hotel Europa en El genio maligno


 Deslumbrante y desgarrador, violento y sedante a un tiempo, Hotel Europa, de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973), publicado por la editorial sevillana La Isla de Siltolá, es un libro importante entre las novedades de esta temporada. Una obra de intensidades en torno a un recorrido por un lugar aparentemente cómodo, como es un hotel, lleno de referencias hacia la horizontalidad europea, la cobertura social y todo lo que significa el proyecto ilustrado, pero atravesado por la inquietud de los no lugares que, como contraposición, aparecen: Mato Grosso (p. 15), Ciudad Juárez (p. 20), diferentes urbes o lugares de Mozambique, Songo, Chitima, Changara, Maputo (pp. 23-26 y 35), Manila (pp. 27-28), etc. Se trata en última instancia de una cartografía anímica.
Dividido en tres partes, «Historia universal», «El teatro anatómico del doctor Cirlot», subtitulado explícitamente «Interludio grotesco», y para terminar la homónima «Hotel Europa», José Luis Gómez Toré ha construido un sólido y bien articulado libro de poemas que en todo momento nos deja respirar, como si fuera un tubo para buceadores a pulmón, a pesar de la gravedad de la materia tratada, gravedad filosóficamente socrática, dialécticamente brechtiana, de acusación. En Hotel Europa se cuestiona la verdad, y esta interrogación se erige en acusación pública. Pero más como ananké y denuncia de las frivolidades, esquivando la molicie happy del capitalismo avanzado y las noticias escabrosas que se suceden a la hora de comer en el telediario, en este mundo de reproductibilidad técnica, como en «Ciudad Juárez o el cuerpo en la era de su reproductibilidad técnica» (p. 20). Hotel Europa entraña una lectura trágica: la más trágica, como la Cordelia, que remite a El rey Lear shakesperiano, personaje que aparece —ya como fantasmagoría— en «Hotel Europa», el último poema del libro. Habría que advertir que, a poco que abordemos los primeras composiciones, nos damos cuenta de que nos enfrentamos a una poesía que se pregunta si es posible escribir poesía después de Auschwitz, como planteara Adorno, y tal como se hiciera eco nuestro autor, en 2015 en su ensayo titulado El roble de Goethe en Buchenwald, donde dedicaba varias páginas a contextualizar y a intentar explicar (y explicarse) el exabrupto adorniano entre poesía y barbarie... Y habría que responder de inmediato que sí, a la luz de este poemario, pero la respuesta no es tan sencilla ni en su formulación, obviamente, ni en su resultado. La incertidumbre sobre el futuro planea advirtiéndonos lo intrincado del pasado, pues no hay futuro sin pasado, sin lectura consciente del paso del tiempo: «Son pocas las certezas: no ordenar las imágenes, no borrar la sutura, mantener a distancia el porvenir.» (de «Elegía», p. 35). Porque «El exceso de porvenir enferma.» (de «De la poesía como discurso republicano (zona wi-fi)», p. 36).