jueves, 23 de febrero de 2017

Escritura y yo (Anne Carson)


En Decreación Anne Carson plantea, a través de las miradas de Simone Weil, de Marguerite Porete, de Safo... un interrogante que atraviesa por igual al poeta, al místico y al amante. El amor, la escritura, la mística apuntan, todas ellas, a una superación del yo (a una "decreación", según el neologismo que Carson toma prestado de Weil) y, sin embargo, la paradoja está en que ese itinerario siempre parte del yo que se pretende dejar de lado. "Yo" es un punto ciego, una ficción necesaria que parece perseguir su propia disolución. Escribirse es así, a menudo, una dolorosa operación que afirma y niega el yo a un tiempo, y no solo porque el narcisismo, la vanidad personal, salgan al paso afirmando los derechos de ese rostro que vemos, con un punto de perplejidad, en el espejo. Escribir es hacer una marca, dejar una huella, afirmar un trazo y, a la vez, firmar la propia desaparición. No hay lenguajes privados, como mostró Wittgenstein. Por ello, escribir es en cierto modo un acto de amor: devolver lo prestado al caudal de la lengua, esa asombrosa creación colectiva del género humano, esa suerte de tecnología inmaterial y anónima que convierte el cuerpo en fantasma, en metáfora de sí mismo. Lo explica mejor Celan, para quien toda poesía es antibiográfica, en uno de sus fragmentos: "La poesía: un realizarse de la lengua a través de una individuación radical, es decir, a través del hablar único, irrepetible de un individuo". Individuación, sí, pero como pliegue en una superficie, la del lenguaje, que nunca nos pertenece por completo. La escritura como una incursión clandestina para marcar un lugar en el mapa, en esa tierra de nadie que no podemos reclamar como nuestra. Eso que llamamos estilo es quizá solo el penoso esfuerzo por no borrarnos del todo. Como quien hace un gesto de alarma en medio de la niebla.
  Es cierto que, desde la Edad Moderna (Montaigne, a la cabeza) la escritura ha sido un espacio de investigación del propio yo, la fisura por la que se abre paso la penosa conquista de la libertad individual. Pero Montaigne, que descubre un territorio inesperado para la exploración de la propia conciencia, escribe de manera fragmentaria. En él está en germen todo esa nerviosismo del sujeto moderno (y posmoderno) que tan bien conocemos: ese no tener lugar propio, ese ir de un asunto a otro, sin rumbo fijo, como el flâneur de Baudelaire o el internauta. El ensayo es hijo de la muerte, de un sujeto que se sabe frágil y mortal y, por eso, no puede detener la mirada por mucho tiempo en el mismo sitio. El piadoso deseo, "vivir quiero conmigo", que fray Luis de León, desde la confianza estoica (y cristiana), proclama en un célebre poema, se convierte en una tarea imposible. Porque "yo" solo señala un cruce de coordenadas. Un espacio secreto, pero nunca una cámara sellada. En las paredes hay grietas, ventanas mal cerradas, manchas de humedad.  Existir es saberse desbordado. Si queremos seguir usando la primera persona, solo cabe hacerlo desde la sospecha de la impostura, desde un "yo sin garantías", como apunta Ingeborg Bachmann. Por ello, hay algo en la palabra escrita que vuelve siempre, con una fascinación peligrosa, al anonimato de tantos textos medievales. Porque escribir puede ser también una forma de confundir las huellas, de dejar un rastro borroso, en un mundo (el nuestro) donde todo (desde nuestras señas personales, reproducidas una y otra vez en múltiples bases de datos, hasta las páginas que visitamos en Internet o las compras que hacemos) busca definirnos, catalogarnos, crear, como se dice ahora, "un perfil".
Para pactar con el monstruoso Polifemo que cada uno llevamos dentro es preciso quizá llamarse Nadie. Se escribe siempre con seudónimo.