martes, 1 de abril de 2014

Marta Fuentes: El imperfecto cielo concedido


  Más de quince años median entre Servidumbre de vistas, el primer poemario de Marta Fuentes y el libro de poemas que el lector tiene ahora en sus manos. Quienes hemos tenido la suerte de conocer a Marta sabemos que no han sido exactamente años de silencio: no solo por la publicación de algunos textos en antologías como la del grupo Estruendomudo así como en diversas revistas, sino sobre todo porque, a lo largo de este tiempo, su escritura se ha ido decantando, explorando los caminos abiertos por aquella primera obra, en cuyo título ya se adivinaba una vocación, una suerte de fidelidad. Y es que la poesía de Marta es ante todo un ejercicio de mirada, un lento aprendizaje del difícil, imprescindible oficio de contemplar el mundo. En uno de sus poemas, el autor alemán Reiner Kunze escribe “El silencio se acumula en mí,/ la tierra para el poema”. Solo en silencio puede de verdad mirarse. O tal vez, como en los textos de este libro, desde el mirador de una palabra que ha hecho del silencio savia propia, su nervadura cierta.
 Marta Fuentes elude el riesgo, ciertamente acuciante en una poesía de este tipo, de que los poemas se conviertan en una serie de postales exóticas, portadores tan solo de una extrañeza impostada o superficial. Evidentemente, estas páginas recogen a su modo los recuerdos de quien ha vivido fuera de su país largas temporadas (algo que no ha favorecido precisamente la recepción de una autora que, como aquí se aprecia, tiene mucho que decir). El lector pasea, de la mano de Marta, por ciudades como Delhi, Estambul o Fez. Y sin embargo, esos espacios son ante todo los puntos de coordenadas de un itinerario vital, en el que al mismo tiempo el yo queda trascendido. El poema ofrece así una mirada bifronte, abierta a la vez al mundo y a la velada intimidad de un “corazón intramuros”. Los versos despliegan paisajes mentales, casi como galerías y jardines machadianos, que sin embargo huelen a realidad. El giro obsesivo de la danza de los derviches, a los que también se alude en los poemas, tiene mucho que ver con esta escritura, tan ensimismada como en el fondo fascinada por las cosas y los seres que la rodean: palabras que parecen rotar sobre sí mismas, en un movimiento centrípeto que convierte al poema en un instante arrancado al tiempo, en un orbe en apariencia cerrado (Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, podríamos decir con el barroco Soto de Rojas y, ciertamente, no es ajena esta escritura a cierta tensión barroca, poco frecuente en la poesía española actual). Y, con todo, ese ensimismamiento esconde una fuerza centrífuga en su interior, como una redoma que pudiera estallar en cualquier momento. La imagen del jardín antes citada tiene mucho que ver con el mundo poético de Marta Fuentes: el jardín árabe y andalusí como imagen del hortus clausus, del espacio (tiempo) cercado y a la vez como microcosmos (como el Jardín del Edén es al mismo tiempo la negación del mundo y la imagen secreta de nuestro propio mundo).
  “Y no se precipite la lágrima en la niña”: quien busque en estos poemas una emoción desatada, al modo romántico (me corrijo: al modo de cierto romanticismo superficial) no dejará de sentirse defraudado. Sin embargo, la emoción no está ausente: solo que la lágrima, como en el citado verso, ha quedado detenida, convertida con admirable labor de orfebre en una joya, cristalizada en la imagen poética. Sublimación de la emoción, decantación: en absoluto desaparición de la misma. Ahí está latente, casi amenazante como si el dolor formara también parte del movimiento paradójicamente inmóvil de las palabras, teñidas de esa melancolía, casi insoportable, “de las cosas aquellas que se saben,/ desde el comienzo, coral y fósil”.
 Contemplar el “imperfecto cielo concedido” es asumir nuestro destino terrestre, convertir en un imperativo ético dejarnos asediar por la belleza. Belleza: una palabra que ciertamente no está de moda, pero no se me ocurre otra mejor para hablar de la experiencia que nos brindan estos poemas.
 
J. L. G.T., "Palabras preliminares" al libro de Marta Fuentes, El imperfecto cielo concedido (Polibea, 2014).




SUFÍES

HOMBRES que convocan al león y la gacela,
que enloquecen al final de las ruinas
en la vigilia imantada de los minaretes;
hombres que adoran un pálido globo,
un sudario, la fría
sentencia de noche en la nuca del fiel.
Balanceando un jardín con nombres persas
duermen sus mujeres, amedrentadas
aves, en la oquedad de los templos.

***

Árboles, vértebras del invierno, voz,
luz opalescente del querer entrar
a la disposición ya imposible
de las cosas aquellas que se saben,
desde el comienzo, coral y fósil.

Marta Fuentes (del libro El imperfecto cielo concedido)

1 comentario:

Ojosbosques dijo...

Querido Jose Luis: gracias por lo que me toca...jajaja Un fuerte abrazo. Marta Fuentes