domingo, 1 de marzo de 2009

Existo donde me desconozco



Leo El silencio de Dios y otras metáforas, el diálogo que establecen Alfonso Armada (desde Nueva York) y Gonzalo Sánchez-Terán (éste desde distintos países de África: Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil). Sánchez-Terán, en una de sus cartas escribe "Cuando la noche dura tanto, la única dignidad posible es permanecer insomne". Armada, por su parte, recuerda a Kapuscinski, quien con la lucidez que le era habitual denunciaba así a los medios de comunicación que tan bien conocía: "Los medios han difundido la consigna: la lucha no da resultados".

El libro me trae constantemente a la memoria el viaje que hicimos este verano a Mozambique junto a un grupo de voluntarios de Karibu y, aunque en sus páginas como en buena parte de mis recuerdos, África se convierte en una dolorosa pregunta, quiero quedarme con esta invitación al insomnio de Sánchez-Terán. La abigarrada pobreza en los suburbios de Maputo, las aldeas sin electricidad a pocos kilómetros de la modernísima presa de Songo en el río Zambeze, el boscaje arrasado junto a las carreteras, el olor a miseria de los precarios hospitales, las larguísimas caminatas y las colas no menos largas para conseguir agua, las terribles desigualdades sociales, las huellas de un colonialismo que no pertenece tan sólo al pasado... sin duda, todo eso es África. Pero también es África el esfuerzo de no pocas de sus gentes para desobedecer las consignas de la resignación, la sonrisa orgullosa en el rostro de Zacarías, el zapatero tocado por la polio, que, arrastrándose con sus manos, nos enseñó la casa que poco a poco estaba construyendo, los sueños de los adolescentes que visitamos en Changara.

"Existo onde me desconhenço", escribe el autor mozambiqueño Mia Couto en un poema. Quizá sea necesario ese extrañamiento para empezar a existir de otra manera, para hablar un lenguaje en el que África no sea, en nuestro imaginario, el reverso oscuro de una civilización que sólo reconoce el rostro de la crisis cuando la ve llamando a su puerta. Con la lucidez de la poesía, Mia Couto sabe que, a veces, hay que convertirse en un desconocido para volver a casa.

1 comentario:

ana dijo...

Muchas gracias.
¡Lo tendré presente¡